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La prostituta hermafrodita

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1.

El cuarto estaba en penumbra; se podía distinguir con la luz de la luna llena, que entraba por un ventanal, la cama de tamaño matrimonial y dos pequeñas cajoneras  al lado de la cabecera de la misma. Entraba un cierto vientecillo a través del ventanal, que ya viendo mejor era más un balcón por el que podía distinguirse una calle oscura, apenas iluminada por algún farol del alumbrado público. Caminé decidido a cerrar las hojas de madera y cristal, que prácticamente enmarcaban de piso a techo el ventanal aquel. Al acercarme me di cuenta que unas cortinas hechas de un fino y tenue velo blanco ondeaban hacia dentro del cuarto. Al acercarme al ventanal, una de aquellos velos rozó mi cara. Cerré las hojas y el cuarto adquirió una sensación mucho más cálida. Mis ojos ya acostumbrados a la penumbra descubrieron, al girar sobre mis talones, una silueta sentada en una silla, en un rincón de la pequeña habitación, en dirección a los pies de la cama. Me acerqué hacia una de las cajoneras donde se distinguía una pequeña lámpara, con la intención de encenderla y poder ver mejor.  –“No, no la prendas.” Se escuchó  como un susurro una voz femenina que venía en dirección a la silueta. Y continuó: -“¿No te parece más seductor el ambiente con la penumbra y la luz de la luna?”  -“Está bien, si así te gusta...” Confieso que a mí me gusta tener sexo con las luces prendidas, pero de alguna manera ella tenía razón, los tonos plateados y las sombras le daban a la estancia un aire de misterio.  Me senté en la cama y ella se levantó. Caminó hacia mí; los rayos de la luna daban en ángulo sobre la cama, y pude distinguir más la figura que se iluminó de manera más nítida. Ahora la veía claramente. Era una muchacha de rostro ovalado y cabello largo cayéndole sobre los hombros. No pude evitar preguntarle: -“¡Demonios! ¿Qué edad tienes?”  Sonrió de manera traviesa y viéndome a los ojos, con voz suave me dijo:  -“Veintidós años... ¿Por qué? ¿No te gustan las chicas de mi edad?”  -“Bueno, es que te ves más joven, pareces de dieciocho.”

Sonrió, y me empujó tirándome sobre la cama. Ahora pude verla mejor. Vestía un camisón corto transparente, con encajes negros, el cual ella abrió tirando de una cintilla a la altura del pecho. Pude ver resaltados por reflejos plateados su senos pequeños, desnudos. Se quitó el camisón y lo arrojó lejos, sobre el piso. Ahora era como una imagen etérea, desnuda, delgada, como una hada, o como una elfa salida de los cuentos para niños. Sin embargo, al recorrer embelesado su figura sensual, mi mirada se detuvo en la diminuta pantaleta negra que cubría todavía su pubis y su sexo.  Con voz suave y entrecortada por mi entusiasmo, le dije:  -“Quítatela”... Lentamente se subió a la cama, avanzó como un felino, y de pronto se puso de pié; giro y, de espaldas, se quitó la pantaleta, mostrando unas hermosas nalgas, que comenzó a mover con un vaivén erotizante. Se hincó, como si fuera a mostrarme de manera más franca aquel culo fascinante, pero no lo hizo, en cambio giro sobre sus rodillas y quedó frente a mí, como una gata, con destellos de luna en las pupilas.  Entonces me di cuenta que al caer en la cama estaba yo vestido, pero ahora por la magia y el poder de los sueños estaba completamente desnudo, con una erección que ya exigía la atención inmediata. Ella comenzó con sus labios y después con su lengua, un trabajo realmente profesional. En un momento de excitación arrebatada, la tomé por los hombros y la atraje hacia mí... quería ya penetrarla. Pero se escapó con sutil movimiento y, ahora sí, giró sobre sus rodillas y quedó  “en cuatro patas”. Alcancé a oír que me decía con voz trémula y suave: “Así, penétrame, y sujeta mi cadera.”  Me hinque y rocé aquellas hermosas nalgas con mi vientre y terminé penetrándola. Después de un rato de vaivén y mutuo frenesí, en el que casi llego al orgasmo, se detiene y me dice: -“Espera. Quiero que también tú tengas tanto placer como yo. Voy a mostrarte algo.” Me salí de ella. Ella se puso frente a mí y añadió: -“Cierra los ojos”. Obedecí, cerré los ojos y sentí cómo suavemente me tiró de espaldas sobre la cama, se acostó sobre mí, tomó mi pene con su mano y lo insertó en su vagina, pero a la vez sentí que su mano tocó mi ano y comenzó a acariciarlo, también sentí como insertó un dedo y comenzó a moverlo a la vez que se movía ella con  mi miembro endurecido dentro de su cuerpo. Fue un placer extraño, un nuevo placer que una parte de mí decía que era fantástico y otra parte decía que era incomprensible. De pronto, como un destello de luna, entrando por el ventanal, mi cuerpo se estremeció con un orgasmo nuevo. Pero a la vez me di cuenta que ella me abrazaba fuertemente rodeándome con sus brazos, con sus turgentes pechos apretados contra mi tórax... ¿Entonces cómo es que siento uno de sus dedos insertados en mi ano?... En los sueños todo es posible. Pero ella, después de un momento desfallecida sobre mí, me miró a los ojos y me dijo: -“¿Te gustó?  -“Bueno, le dije, fue maravilloso, pero por qué siento todavía como si tuviera uno de tus dedos insertado en mi ano?” Contestó: -“Ah, ese es mi talento especial...”  Se separó de mí, se echó hacia atrás y se sentó sobre sus talones, y me mostró algo que emergía de entre sus piernas, justo arriba de su vagina. Como enmudecí, añadió: “Soy mujer... pero soy hermafrodita”. No podía dar crédito a lo que veía, pero sí, me acerqué y pude ver claramente, que en lugar de clítoris tenía un pene delgado y todavía con cierta erección. –“¿Y lo disfrutaste también tú”, le pregunté. Y ella me dijo:

-“Claro. No olvides que las mujeres sentimos más placer en el clítoris. El mío sólo es más grande que cualquiera otro...”

Desperté. Sentí cómo mi calzoncillo estaba mojado. Y fui al baño a orinar y enjuagarme. Estaba estupefacto con aquel sueño. Yo no tengo por lo regular sueños sexuales. A veces me acuesto pensando en tener uno, pero no se me da. Pero ahora, había tenido uno completo y estaba desconcertado. De hecho, al recordarlo me pareció muy difícil una penetración mutua, con una mujer hermafrodita.  Pero como ya dije, en los sueños todo es posible, hasta lo absurdo y lo imposible...

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Hasta la próxima semana.

Veremos qué sueño gana el privilegio de ser exhibido.

No les prometo otro sueño erótico, porque como les dije no se me dan con regularidad. Pero, vaya, qué más da, los sueños son sueños y todos siempre tendrán su contenido freudiano. Y si no, ahí está la vida, “que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”.



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1.

El cuarto estaba en penumbra; se podía distinguir con la luz de la luna llena, que entraba por un ventanal, la cama de tamaño matrimonial y dos pequeñas cajoneras  al lado de la cabecera de la misma. Entraba un cierto vientecillo a través del ventanal, que ya viendo mejor era más un balcón por el que podía distinguirse una calle oscura, apenas iluminada por algún farol del alumbrado público. Caminé decidido a cerrar las hojas de madera y cristal, que prácticamente enmarcaban de piso a techo el ventanal aquel. Al acercarme me di cuenta que unas cortinas hechas de un fino y tenue velo blanco ondeaban hacia dentro del cuarto. Al acercarme al ventanal, una de aquellos velos rozó mi cara. Cerré las hojas y el cuarto adquirió una sensación mucho más cálida. Mis ojos ya acostumbrados a la penumbra descubrieron, al girar sobre mis talones, una silueta sentada en una silla, en un rincón de la pequeña habitación, en dirección a los pies de la cama. Me acerqué hacia una de las cajoneras donde se distinguía una pequeña lámpara, con la intención de encenderla y poder ver mejor.  –“No, no la prendas.” Se escuchó  como un susurro una voz femenina que venía en dirección a la silueta. Y continuó: -“¿No te parece más seductor el ambiente con la penumbra y la luz de la luna?”  -“Está bien, si así te gusta...” Confieso que a mí me gusta tener sexo con las luces prendidas, pero de alguna manera ella tenía razón, los tonos plateados y las sombras le daban a la estancia un aire de misterio.  Me senté en la cama y ella se levantó. Caminó hacia mí; los rayos de la luna daban en ángulo sobre la cama, y pude distinguir más la figura que se iluminó de manera más nítida. Ahora la veía claramente. Era una muchacha de rostro ovalado y cabello largo cayéndole sobre los hombros. No pude evitar preguntarle: -“¡Demonios! ¿Qué edad tienes?”  Sonrió de manera traviesa y viéndome a los ojos, con voz suave me dijo:  -“Veintidós años... ¿Por qué? ¿No te gustan las chicas de mi edad?”  -“Bueno, es que te ves más joven, pareces de dieciocho.”

Sonrió, y me empujó tirándome sobre la cama. Ahora pude verla mejor. Vestía un camisón corto transparente, con encajes negros, el cual ella abrió tirando de una cintilla a la altura del pecho. Pude ver resaltados por reflejos plateados su senos pequeños, desnudos. Se quitó el camisón y lo arrojó lejos, sobre el piso. Ahora era como una imagen etérea, desnuda, delgada, como una hada, o como una elfa salida de los cuentos para niños. Sin embargo, al recorrer embelesado su figura sensual, mi mirada se detuvo en la diminuta pantaleta negra que cubría todavía su pubis y su sexo.  Con voz suave y entrecortada por mi entusiasmo, le dije:  -“Quítatela”... Lentamente se subió a la cama, avanzó como un felino, y de pronto se puso de pié; giro y, de espaldas, se quitó la pantaleta, mostrando unas hermosas nalgas, que comenzó a mover con un vaivén erotizante. Se hincó, como si fuera a mostrarme de manera más franca aquel culo fascinante, pero no lo hizo, en cambio giro sobre sus rodillas y quedó frente a mí, como una gata, con destellos de luna en las pupilas.  Entonces me di cuenta que al caer en la cama estaba yo vestido, pero ahora por la magia y el poder de los sueños estaba completamente desnudo, con una erección que ya exigía la atención inmediata. Ella comenzó con sus labios y después con su lengua, un trabajo realmente profesional. En un momento de excitación arrebatada, la tomé por los hombros y la atraje hacia mí... quería ya penetrarla. Pero se escapó con sutil movimiento y, ahora sí, giró sobre sus rodillas y quedó  “en cuatro patas”. Alcancé a oír que me decía con voz trémula y suave: “Así, penétrame, y sujeta mi cadera.”  Me hinque y rocé aquellas hermosas nalgas con mi vientre y terminé penetrándola. Después de un rato de vaivén y mutuo frenesí, en el que casi llego al orgasmo, se detiene y me dice: -“Espera. Quiero que también tú tengas tanto placer como yo. Voy a mostrarte algo.” Me salí de ella. Ella se puso frente a mí y añadió: -“Cierra los ojos”. Obedecí, cerré los ojos y sentí cómo suavemente me tiró de espaldas sobre la cama, se acostó sobre mí, tomó mi pene con su mano y lo insertó en su vagina, pero a la vez sentí que su mano tocó mi ano y comenzó a acariciarlo, también sentí como insertó un dedo y comenzó a moverlo a la vez que se movía ella con  mi miembro endurecido dentro de su cuerpo. Fue un placer extraño, un nuevo placer que una parte de mí decía que era fantástico y otra parte decía que era incomprensible. De pronto, como un destello de luna, entrando por el ventanal, mi cuerpo se estremeció con un orgasmo nuevo. Pero a la vez me di cuenta que ella me abrazaba fuertemente rodeándome con sus brazos, con sus turgentes pechos apretados contra mi tórax... ¿Entonces cómo es que siento uno de sus dedos insertados en mi ano?... En los sueños todo es posible. Pero ella, después de un momento desfallecida sobre mí, me miró a los ojos y me dijo: -“¿Te gustó?  -“Bueno, le dije, fue maravilloso, pero por qué siento todavía como si tuviera uno de tus dedos insertado en mi ano?” Contestó: -“Ah, ese es mi talento especial...”  Se separó de mí, se echó hacia atrás y se sentó sobre sus talones, y me mostró algo que emergía de entre sus piernas, justo arriba de su vagina. Como enmudecí, añadió: “Soy mujer... pero soy hermafrodita”. No podía dar crédito a lo que veía, pero sí, me acerqué y pude ver claramente, que en lugar de clítoris tenía un pene delgado y todavía con cierta erección. –“¿Y lo disfrutaste también tú”, le pregunté. Y ella me dijo:

-“Claro. No olvides que las mujeres sentimos más placer en el clítoris. El mío sólo es más grande que cualquiera otro...”

Desperté. Sentí cómo mi calzoncillo estaba mojado. Y fui al baño a orinar y enjuagarme. Estaba estupefacto con aquel sueño. Yo no tengo por lo regular sueños sexuales. A veces me acuesto pensando en tener uno, pero no se me da. Pero ahora, había tenido uno completo y estaba desconcertado. De hecho, al recordarlo me pareció muy difícil una penetración mutua, con una mujer hermafrodita.  Pero como ya dije, en los sueños todo es posible, hasta lo absurdo y lo imposible...

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Hasta la próxima semana.

Veremos qué sueño gana el privilegio de ser exhibido.

No les prometo otro sueño erótico, porque como les dije no se me dan con regularidad. Pero, vaya, qué más da, los sueños son sueños y todos siempre tendrán su contenido freudiano. Y si no, ahí está la vida, “que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”.


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